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martes, 27 de julio de 2010

"Siempre que pienso en Próspero me acuerdo de uno de los últimos autorretratos de Leonardo. Tiene una frente grande y alta. Su pelo largo, blanco y escaso, cae sobre su rostro como si fuera un mechón de la melena de un león y se funde con una gran barba de Dios Padre. La barba le llega hasta los labios, que están apretados, torcidos y con las comisuras hacia abajo. Este rostro expresa sabiduría y amargura. Está lejos de mostrarse tranquilo y sumiso. Se trata del mismo hombre que, en el margen de una hoja grande, llena de explicaciones sobre el movimiento de los cuerpos, anotó con letra clara, sólo que aún más diminuta: 'Leonardo, ¿por qué te afanas tanto?'
·····Muchos críticos han señalado las concomitancias entre las figuras de Próspero y de Leonardo. ¿Había oído hablar Shakespeare de Leonardo? No lo sabemos. Quizá Ben Jonson, que era un gran erudito, o el conde de Southhampton, o el conde de Essex, o cualquier otro de sus amigos influyentes le hablaran de Leonardo. Quizá llegó a sus oídos la fama de Leonardo como mago, ya que, durante muchos años, Leonardo fue considerado el hombre más versado en esta disciplina. Por supuesto, se trataba de magia blanca o natural, que ya entonces se llamaba empírica, en contraposición a la magia negra o demoníaca. Paracelso practicaba también este tipo de magia, en la que se consideraba, por ejemplo, que el aire era una especie de espíritu que se escapa de los líquidos en el momento de ebullición. El aire o 'an airy spirit', como llamó Shakespeare a Ariel en la lista de personajes. A esta misma magia blanca se refería Pico della Mirandola cuando escribió que la misión de un científico es 'unir el cielo con la Tierra y hacer que el mundo bajo se una con las fuerzas del mundo superior'.
·····Quizá no fue una casualidad que Shakespeare atribuyese a Próspero el ducado de Milán; Leonardo vivió muchos años en esta ciudad al servicio de Ludovico Sforza, el Moro; se exilió de allí tras la caída de ese poderoso príncipe y comenzó una vida errante a la que sólo su muerte pudo poner fin. Pero no deja de ser una de esas conjeturas que pueden servir de pasatiempo a los historiadores de la literatura en sus ratos libres. Lo que importa aquí es que Shakespeare creó en La tempestad un personaje que puede compararse con Leonardo de Vinci y que a través de la tragedia de Leonardo es más fácil entender la tragedia de Próspero.
·····Leonardo fue un experto en mecánica e hidráulica. Trazó el planeamiento de ciudades más espaciosas y de una red moderna de canalización; asimismo dibujó e inventó nuevas máquinas bélicas para asediar fortalezas: morteros de una fuerza de explosión desconocida hasta entonces, cañones de once bocas que disparaban proyectiles a la vez, carros blindados parecidos a los tanques actuales y accionados mecánicamente a través de un sistema de ruedas dentadas y engranajes. El Códice Atlántico contiene dibujos técnicos exactos de una máquina de laminado, excavadoras móviles y telares rápidos. Leonardo apuntó en este códice sus observaciones sobre el vuelo de los pájaros y el movimiento de los peces, y también interminables cálculos para construir unas alas que permitieran a un hombre elevarse por los aires. En este libro hay proyectiles y dibujos de máquinas para volar, de submarinos, de trajes de buzo con depósito de aire y tubo para respirar.
·····Nunca se construyó ninguna de las máquinas de Leonardo. Su tragedia fue que la técnica no avanzaba al mismo ritmo que su pensamiento. Los materiales con los que contaba Leonardo eran demasiado pesados y la metalurgia era demasiado primitiva para que cualquier de esas máquinas pudiera moverse sin motor. Leonardo era dolorosamente consciente de la resistencia de la materia y de la imperfección de las herramientas de su tiempo, y sin embargo fue capaz de vislumbrar un mundo nuevo donde el hombre lograría arrancarle sus secretos a la naturaleza y dominarla mediante la técnica y el conocimiento."
Jan Kott: Shakespeare, nuestro contemporáneo. Alba Editorial, Barcelona, 2009, págs. 406-409.

jueves, 17 de junio de 2010

"Si podemos considerar como punto de partida de esa obra una acerba contienda entre dos familias muy conocidas por Southampton, también tendremos motivos para pensar que lo que llevó al nacimiento de El Mercader de Venecia fue un encono más público en el que se vio implicado el mismo Southampton, aunque sólo de manera indirecta. En la primavera de 1594, el conde de Essex, que en opinión de Southampton no podía equivocarse, acusó formalmente a un tal doctor Roderigo López, judío portugués y médico de la corte, de haber conspirado con algunos agentes españoles para envenenar a la reina. Tras aquella acusación se ocultaba un historial de hostilidad y encono de naturaleza puramente personal. López tenía buenos contactos en Portugal; Portugal era vecino de España; y Walsingham, como jefe del servicio secreto, había encontrado en López un agente muy fiable para centrar la información que iba y venía de los espías ingleses en la Península Ibérica. Tras la muerte de Walsingham en 1590, Essex siguió aceptando los servicios de López. Essex consideró un recurso útil para congraciarse con la reina aquella posibilidad de suministrarle a modo de presente personal algún que otro retazo de información llegada de España a través de Portugal. Pero López, más leal a la reina que a Essex, informaba antes a aquélla que a éste. Cuando Essex se acercaba radiante al trono con noticias recientes de la Península Ibérica, la reina podía decirle que ya lo sabía. Essex odiaba a López por su doble juego y resolvió vengarse.
·····Encontró una oportunidad cuando un hombre llamado Tinoco confesó que él y otro individuo de apellido Ferrara habían sido enviados a Inglaterra para convencer a López de que trabajase en favor de la cuasa española, y que éste había aceptado del rey de España una valiosa joya en prenda de buena voluntad. López fue detenido e interrogado, pero después de una búsqueda exhaustiva en todos sus papeles privados, no se pudo encontrar nada incriminatorio. La reina, entonces, acusó a Essex de intención dolosa y le retiró su favor. Essex se enfureció y dedicó el invierno de 1593-94 a montar contra López una acusación tan verosímil que hiciera intervenir al fiscal general. López fue acusado formalmente en el Guildhall a finales de febrero de 1594, y el jurado, impulsado tanto por un prejuicio antisemita como por pruebas reales, le declaró culpable de conspirar contra la vida de la reina. López, y con él Tinoco y Ferrara, fueron sentenciados a morir en la horca y a ser descuartizados en Tyburn. Hubo algún retraso en la ejecución de la sentencia -la reina seguía abrigando dudas sobre la culpabilidad de su 'monito', como llamaba a López- y el gran entretenimiento público de la triple carnicería no se ofreció hasta junio.
·····Podemos imaginar la euforia infantil de Southampton por la victoria de Essex sobre su reina y su enemigo -una euforia que a Shakespeare le resultaría de muy mal gusto. La motivación tras todo aquel asunto nauseabundo no era tanto la devoción de la soberana cuanto un afán personal de venganza. La crueldad de la ejecución quedó recalcada por la carcajada general que estalló cuando López, con la soga al cuello y mientras el cuchillo del verdugo rielaba al sol, juró que amaba a la reina tanto como a Jesucristo, una declaración ambigua en boca de un judío. Essex y los suyos debieron de hallarse allí para presenciar la carnicería de aquel hermoso día de junío entre los abucheos y las risas de los ciudadanos que llevaban sobre sus hombros a niños que comían frutas escarchadas -un buen día de esparcimiento al aire libre, con espectáculo gratis-. Pensamos que Shakespeare no estuvo presente. Pero no dejó de explotar el resentimiento general contra los judíos escribiendo una obra en la que el villano es uno de ellos, pero no como traidor, sino como usurero."
Anthony Burgess: Shakespeare. Ediciones Península, Barcelona, 2006, págs. 114-116.