"Calibán era el amo de la isla desierta y, tras la partida de Próspero, vuelve a quedarse solo en ella. De todos los personajes de La tempestad es, sin duda, quien vive un drama más profundo. Quizá es el único personaje que no cambia. Todos los personajes parecen, por así decir, perfilados desde fuera con la ayuda de unos cuantos gestos determinantes. Incluso Próspero. El drama de este personaje es puramente intelectual. Su drama coincide con el de Ariel, pertenece al ámbito de los conceptos abstractos. Shakespeare dotó a Calibán, y sólo a él, de pasiones y de una biografía completa.
·····Calibán tuvo que aprender a hablar. No nos olvidemos de que la isla representa la historia del mundo. Miranda se encargó de enseñarle. Ahora, él se lo reprocha. El lenguaje es aquello que distingue a los humanos de los animales. Calibán a los buenos caníbales de Montaigne, aunque no tiene nada de buen salvaje. Ésta no es una isla utópica y la historia del mundo quedará despojada, paso a paso, de todas sus ilusiones. El uso del lenguaje puede convertirse entonces en una maldición y contribuir, incluso, a aumentar la esclavitud. En tal caso el vocabulario se limita a las maldiciones. Ésta es una de las escenas más amargas de toda La tempestad.
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····················Miranda: Me dabas lástima
·························y puse todo mi empeño en enseñarte a hablar. [...]
·························Cuando tú salvaje,
·························no sabías ni lo que eras; cuando sólo dabas gritos
·························tal una alimaña, yo te proporcioné palabras
·························con que expresar tus propósitos...
····················Calibán: Tu me enseñaste a hablar, y esto es lo que aprendí,
·························aprendí... a maldecir. ¡Que la peste roja te extermine
·························por enseñarme tus palabras!
···········································································(La tempestad, I, ii)
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Para Miranda, Calibán es un hombre. Cuando se encuentre con Ferdinand por primera vez dirá: 'Éste es el tercer hombre que conozco' (La tempestad, I, ii)
Jan Kott: Shakespeare, nuestro contemporáneo. Alba Editorial, Barcelona, 2009, págs. 420-421.
Shakespeare es inagotable, no necesita justificación. Siempre he tenido ganas de tener un lugar donde anotar diversos aspectos sobre su tiempo, su biografía, su obra, lo que le ha seguido, bueno y malo. El estímulo inicial son las espléndidas palabras que el Marqués de Bradomín y Rubén Darío le dedican en "Luces de Bohemia", de Ramón María del Valle-Inclán. No me he podido resistir a compartirlas.
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miércoles, 28 de julio de 2010
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martes, 27 de julio de 2010
"Gonzalo empieza su narración sobre el país feliz. Es muy probable que haya leído recientemente los Ensayos de Montaigne, el famoso capítulo de los caníbales. Repite sus palabras. En este lugar feliz no se conoce ni el trabajo, ni el comercio; no hay despachos, nadie ejerce el poder.
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····················Gonzalo: ¡Nada de Soberanías! [...]
····················Antonio: Convirtiéndose en rey publicano quien era republicano.
····················Gonzalo: Todas las cosas de la Naturaleza surgirán
·························sin sudor y sin esfuerzo. Ni la traición, felonía,
·························espada, pica, cuchillo, ni el arcabuz,
·························o máquina alguna serían necesarias; pues
·························la Naturaleza daría todo tipo de cosecha
·························en abundancia para nutrir a mi inocente pueblo.
···········································································(La Tempestad, II, i)
·
Unos seres humanos bellos e inteligentes viven en estado de naturaleza, libres del pecado original y de la contaminación de la civilización. La naturaleza es buena y la gente también. Así eran las islas felices de las utopías antifeudales. Ingenuos frailes franciscanos creían haberlas descubierto en los Mares del Sur; allí encontraron, mucho antes que Rousseau, a nobles salvajes. Sobre estos 'buenos salvajes' escribió Montaigne. Pero Shakespeare no creía en los 'buenos salvajes', como tampoco creía en los buenos reyes."
Jan Kott: Shakespeare, nuestro contemporáneo. Alba Editorial, Barcelona, 2009, págs. 401-402.
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····················Gonzalo: ¡Nada de Soberanías! [...]
····················Antonio: Convirtiéndose en rey publicano quien era republicano.
····················Gonzalo: Todas las cosas de la Naturaleza surgirán
·························sin sudor y sin esfuerzo. Ni la traición, felonía,
·························espada, pica, cuchillo, ni el arcabuz,
·························o máquina alguna serían necesarias; pues
·························la Naturaleza daría todo tipo de cosecha
·························en abundancia para nutrir a mi inocente pueblo.
···········································································(La Tempestad, II, i)
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Unos seres humanos bellos e inteligentes viven en estado de naturaleza, libres del pecado original y de la contaminación de la civilización. La naturaleza es buena y la gente también. Así eran las islas felices de las utopías antifeudales. Ingenuos frailes franciscanos creían haberlas descubierto en los Mares del Sur; allí encontraron, mucho antes que Rousseau, a nobles salvajes. Sobre estos 'buenos salvajes' escribió Montaigne. Pero Shakespeare no creía en los 'buenos salvajes', como tampoco creía en los buenos reyes."
Jan Kott: Shakespeare, nuestro contemporáneo. Alba Editorial, Barcelona, 2009, págs. 401-402.
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lunes, 14 de junio de 2010
"Shakespeare pudo haber aprendido de Florio algunas cosas acerca de Montaigne, padre del ensayo y guardado algo de su espíritu para Hamlet. Montaigne, fallecido en 1592 y cuyos Ensayos fueron traducidos y publicados por Florio en 1603, era un francés bueno para los ingleses. Tenía curiosidad intelectual pero carecía por completo de dogmatismo; su gran pregunta era: 'Que saisje?' ('¿Y yo, qué sé?). Era un hombre entregado a la benevolencia, la tolerancia y el empirismo no impuestos por la fuerza. No se parecía, pongamos por caso, al arzopbispo Whitgift. Hamlet trata en realidad del efecto que el rudo mundo del poder y la intriga causa en un hombre similar a Montaigne. La tragedia del príncipe deriva de su necesidad de actuar y de basar esa acción en una premisa que alguien semejante a Montaigne debía hallar necesariamente incómoda. Si el espíritu de mi padre me habla de asesinato y pide venganza, me será difícil encogerme de hombros y decir: 'Que saisje?'"
Anthony Burgess: Shakespeare. Ediciones Península, Barcelona, 2006, págs. 98-99.
Anthony Burgess: Shakespeare. Ediciones Península, Barcelona, 2006, págs. 98-99.
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